Soberanía y deuda externa

Creo que...

Desde la época de la dictadura militar y la política económica impuesta por Martínez de Hoz, el país quedó amarrado hasta el día de hoy a los tribunales de EEUU y otros poderes y al modelo de desarrollo consolidado bajo la fuerza extorsiva del endeudamiento.

Ningún gobierno cuestionó la legitimidad o legalidad de la deuda generada durante la dictadura – con excepción del intento frustrado del Presidente Alfonsín y su primer Ministro de Economía – pese a que afecta grave y continuamente al pueblo y a la soberanía nacional.

Todos los gobiernos que precedieron al actual actuaron de la misma forma: ocultaron la verdadera situación del país y asumieron la deuda sin separar lo legítimo de lo ilegítimo. Firmaron tratados de libre comercio y de “protección a las inversiones”, ejecutaron las políticas de ajuste y privatización impuestas, y así llegamos al 2001 con todas sus consecuencias.

Tanto los gobiernos de Néstor como de Cristina Kirchner continuaron con la misma política, negándose a bajar el cuadro de la Deuda de la pared y manteniendo el sometimiento del país a tribunales extranjeros, cediendo la soberanía nacional. En otros términos, consolidaron la transformación del país en una colonia de las grandes potencias y empresas, que imponen las condiciones de financiamiento, inversión y comercio y la jurisdicción de tribunales o foros arbitrales, como Nueva York o el CIADI, que siempre los van a beneficiar.

Muchas organizaciones intentaron acercarse al gobierno para tratar la situación de la deuda externa y proponer alternativas ciertas, como la realización de una auditoria participativa e integral y la nulidad de las renuncias soberanas. Lamentablemente sin resultado, pese al antecedente valioso de Ecuador, ya que hasta ahora tanto el gobierno como el Parlamento, se niegan a investigar para determinar si realmente hay deuda legítima pendiente de pago.

Es preocupante que casi todos – el gobierno más la gran mayoría de la oposición – parecen desconocer el juicio sobre la deuda externa iniciado por el patriota Alejandro Olmos en el año 1982 y concluido en el 2000. El Poder judicial no ha declarado aún las nulidades respectivas ni seguido con ahinco las causas pendientes. El Poder ejecutivo tampoco ha impulsado los juicios y acciones complementarias correspondientes en función de las más de 470 ilicitudes comprobadas por el juez Ballestero en su decisión en la causa Olmos. Y el Parlamento ha omitido actuar sobre la misma para determinar las responsabilidades políticas de una deuda que continúa provocando graves daños al país.

En varias oportunidades fuimos al Congreso, con Alejandro Olmos y otros, tratando de reunirnos y a conversar con diputados y senadores. Pero siempre fue casi imposible. Si lográbamos reunir uno o dos, eran muchos; la indiferencia y falta de conocimiento de la situación y consecuencias de la deuda externa para el país, por parte de los legisladores, era casi total.

Hasta el día de hoy, han pasado otros 14 años y los diputados y senadores no han mostrado todavía la sabiduría y compromiso necesarios para cumplir con uno de sus mandatos constitucionales, indelegables: el de “arreglar” la deuda. Por eso las consecuencias de la misma siguen agravándose, provocando situaciones como la actual con la transferencia permanente de capitales a la especulación y la usura internacional y el juicio en los EEUU con sus fallos tan predecibles a favor de los “fondos buitre” que compran por nada y quieren llevar todo. Las consecuencias para el pueblo son siempre las mismas: mayor empobrecimiento, falta de recursos para el desarrollo del país, la salud, educación y la necesidad siempre pendiente de privilegiar la deuda interna con los derechos del pueblo y de la naturaleza.

Lo ocurrido con el embargo a la Fragata Libertad en Ghana fue grave y afectó la soberanía nacional, como ahora pasa con las amenazas de posibles embargos y bloqueos de fondos del país. El comportamiento de la justicia estadounidense – no sólo el juez Griesa sino además, la Cámara de Apelaciones y la propia Corte Suprema de EE.UU. – muestra con todo su peso que no toda ley es justa, ni tampoco ciego el Poder judicial.

Pero son conclusiones absolutamente previsibles y seguirán corriendo, y mal, a nuestro país, si no se encare a fondo el raíz del problema que no son los buitres precisamente, sino la entrega de nuestra soberanía a toda calaña de buitres que anda volando, tanto por aquí como por allá, y la negativa a asumir la ya comprobada ilicitud e ilegitimidad de la deuda. No sólo es repudiable la deuda hoy en garras de los buitres reconocidos sino toda la deuda pública, acumulada desde tiempos de la dictadura sobre la base de la represión, el fraude y la complicidad, la nacionalización de las deudas de las grandes empresas privadas, la fuga de capitales y otros crímenes más.

El gobierno debiera repensar la política a seguir y no caer en el “masoquismo político”, sabiendo los resultados que le espera, pero insistiendo en la misma receta. Es necesario recuperar la soberanía y fortalecer la capacidad de nuestro pueblo e instituciones para defendernos. Pero en vez de avanzar por ese camino, el gobierno con total impunidad e irresponsabilidad continúa sometiendo al país a tribunales extranjeros y ocultando al pueblo las cláusulas secretas, como en los acuerdos con Chevron.

Hemos denunciado en reiteradas oportunidades que Chevron es una empresa que escapó del Ecuador, siendo condenada por la justicia de ese país a pagar 9 mil millones de dólares por los daños ambientales, como a las comunidades indígenas, que rechazó reparar. Chevron se niega a pagar, y la justicia ecuatoriana logra embargar sus inversiones en Argentina por los daños causados. Sin embargo, la Corte Suprema de Justicia de la Argentina levanta el embargo a Chevron, a fin de acordar con el gobierno nacional la explotación con el sistema del fracking en Vaca Muerta, en la provincia del Neuquén.

Una empresa con esos antecedentes actúa con total impunidad; hay que estar atentos a la situación y la explotación de los recursos energéticos, como el petróleo y el gas en la Provincia del Neuquén, en un país que ha renunciando a su soberanía y quedado a la merced de quienes pretenden ser sus acreedores.

El otro antecedente preocupante a tener en cuenta es el acuerdo reciente con China, ya que reitera el gobierno la misma política de renunciar a la soberanía nacional, sometiendose incluso a los tribunales de Gran Bretaña.

¿Pueden explicar por que el gobierno se niega a actuar sobre las investigaciones y decisiones de la justicia argentina, o de realizar una Auditoria para separar la deuda legítima de la ilegítima e investigar los daños causados por la deuda externa e ilegítima al país? ¿Cuales son los motivos para que el Parlamento y el Poder Judicial omiten impulsar las acciones que les competen al respecto?

Hoy el país sufre las consecuencias de la incapacidad y falta de voluntad política de parte de sus diversas autoridades, situación que genera mayor empobrecimiento, marginalidad y pérdida de los bienes comunes, que son patrimonio del pueblo y de la naturaleza y no del gobierno de turno.

Organizaciones sociales, de derechos humanos, sindicatos, movimientos populares y religiosos están movilizados reclamando a los tres poderes estatales argentinos –el Poder Ejecutivo, el Legislativo, el Judicia-l, que asumen sus responsabilidades de acuerdo a la Constitución Nacional y los derechos humanos. Y que abren instancias de dialogo con todos los sectores sociales, sindicales y políticos, que deben ser escuchados en el ejercicio democrático para buscar salidas superadoras de los errores cometidos.

Adolfo Pérez Esquivel

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Deuda y buitres

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Continúa la historia de la deuda con los buitres y la justicia de EEUU, con capítulos diarios que agregan novedades al análisis y al problema del endeudamiento y sus gravosas consecuencias para la población

Finalmente llegó el día D, el 30 de Julio, fecha en que vencía el plazo para acreditar en cuenta de los bonistas ingresados al canje de deuda del 2005 y 2010. Los fondos estaban y están en el Banco Mellon de NY, depositados a fines de junio pasado por el gobierno de Argentina, y el juez Griesa no permite su acreditación, por lo que aun cuando el país dispuso de los fondos para cancelar la deuda, los beneficiarios de esos recursos no los reciben.

Es el argumento para hablar de default, calificación que el gobierno rechaza, mientras las calificadoras de riesgo, entidades privadas vinculadas al sistema financiero mundial establecieron el “default selectivo”, es decir, de una parte de la deuda. El resultado inmediato es que dispararon el cobro de los seguros por default respecto de esos títulos, lo que supone un gran negocio.

Las deudas y el sistema financiero están llenos de oportunidades para buitres conocedores de los pormenores de la especulación exacerbada del capitalismo de época.

Desde el gobierno se instruyó a la Comisión Nacional de Valores para gestionar en EEUU una demanda de investigación sobre la connivencia del juzgado de Griesa con el negocio de los seguros por default, en alusión a la parcialidad del letrado con los fondos buitres.

Otro elemento a considerar es el papel de los bancos. Primero fueron los bancos nacionales de capital privado que intentaron una operación de compra de los títulos de la sentencia Griesa o el depósito en garantía de unos 250 millones de dólares para generar la posibilidad del stay o cautelar que dispondría el Juez para pagar a los bonistas. Dijeron los banqueros que era una acción “patriótica” y se dio a entender que había guiño desde el gobierno, especialmente desde el BCRA. La operación no prosperó pero estaban en juego las tenencias de títulos en manos de los bancos y su potencial desvalorización.

La posta la asumen ahora un conjunto de bancos extranjeros, con la misma preocupación “patriótica”, es decir, sus intereses por resguardar las inversiones en títulos de la deuda argentina.

Cada quien juega sus propios intereses
Estamos ante una situación de elevada complejidad donde cada quien atiende su juego.

El juez se planta en su sentencia.

Los fondos buitres tienen dictamen de cobro por el 100% y al contado y negocian desde allí, además de cobrar sus seguros contra default.

Los bancos intentan intervenir y aun con fracaso, mientras la ilusión de la negociación dura intervienen en la evolución del mercado de capitales con alzas de valores que favorecen sus movimientos de corto plazo.

La posición del gobierno pareciera apunta a llegar a diciembre para que finalice el marco de vigencia de la cláusula RUFO y entonces si negociar con los buitres sin temor a la potencial demanda del 92,4% de ingresados al canje, estimada entre 120.000 y 500.000 millones de dólares.

En definitiva, todos los escenarios culminan en el pago de la deuda, y lo que se discute es el cuanto y como del pago de la misma.

La danza de valores se cuenta por millones y son recursos que restringen la capacidad de asistencia de otras demandas o deudas sociales.

Como sostuvimos varias ocasiones, la deuda condiciona y establece privilegios en la disputa de los recursos públicos. En la reunión del Mercosur en Caracas la presidenta anunció que la Argentina canceló 190.000 millones de dólares en el último tiempo y con esfuerzo propio, sin ayuda externa, ya que el país estaba y está afuera del mercado de crédito internacional.

Las consecuencias son gravísimas, porque se postergan demandas sociales, sea el 82% móvil que demandan los trabajadores jubilados, la disminución del mínimo no imponible del impuesto a las ganancias, o directamente su eliminación, la solicitud de mejoras de ingresos salariales o beneficios de planes sociales y ni hablar de los presupuestos para el gasto social en educación, salud u otras áreas.

Más allá de las novedades cotidianas, esta novela con entregas diarias devuelve un escenario de especulación financiera exacerbada a escala global y por lo tanto la necesidad de disputar una nueva arquitectura financiera mundial. No es novedad, y el intento tiene varios años y fracasos múltiples motivados por quienes hegemonizan el sistema, a la cabeza EEUU y el orden instrumentado hace 70 años con el FMI y el BM.

Ante el fracaso de infructuosos esfuerzos se organizan iniciativas regionales cuyos resultados están por verse aún, por caso las iniciativas de los BRICS o las enunciadas en torno al demorado Banco del Sur.

El interrogante es si eso es posible en el marco del orden capitalista y en rigor, la nueva arquitectura financiera solo será posible si se modifican las relaciones sociales de producción a nivel de cada país y una articulación productiva integrada regionalmente que modifique el modelo productivo y de desarrollo, es decir, un camino que suponga la crítica y la superación del orden capitalista.

Campaña para suspender pagos e investigar
Por ello es que resulta importante asumir una tarea de esclarecimiento y difusión de estrategias alternativas, entre las que destacamos la campaña iniciada por la “Asamblea por la suspensión del pago e investigación de la deuda y por la defensa del patrimonio nacional y los bienes comunes” que impulsan un conjunto de personalidades, organizaciones sociales y políticas sustentando.

Entre las principales consignas se sostiene que “El pueblo debe saber de qué se trata”, qué “la única deuda es con el pueblo”, qué “no hay que pagar deuda ilegitima, odiosa y fraudulenta”, que se requiere “suspender los pagos e investigar la deuda” y además “defender los bienes comunes”.

En conjunto constituyen un programa alternativo al sustentado por el club de pagadores, mayoritarios en el sistema político que conforman oficialismo y oposición. Es un programa y una iniciativa política para constituir subjetivad contra el pago de la deuda y por instaurar una auditoría integral de la deuda con participación popular, con cuyos resultados se pueda discutir el privilegio en el uso de los recursos públicos.

Necesitamos fuerza social y política para terminar con el cáncer de la deuda y discutir la política económica para un modelo productivo y de desarrollo que parta de las necesidades populares en un marco de integración no subordinada, por la liberación social.

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Hiroshima olvidada

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En un día como hoy, pero hace 69 años, se cometía un acto de una barbarie inusitada por su mortal eficacia y su descomunal escala destructiva: la ciudad japonesa de Hiroshima era literalmente barrida de la faz de la tierra por una bomba atómica arrojada por el Enola Gay, un bombardero B-29 de los Estados Unidos.

En apenas un instante unas 80 mil personas de las 350 mil que vivían en esa ciudad fueron calcinadas y reducidas a cenizas al ser impactadas por un vendaval radioactivo de más de 2 mil grados de temperatura. Al cabo de unos pocos años se sumarían entre 50 y 80 mil nuevas víctimas, aparte de quienes sobrevivieron con terribles quemaduras y lesiones de todo tipo y los nacidos con insanables deformaciones que les marcarían toda su vida. En un alarde de sadismo sin precedentes el presidente Harry Truman ordenaría un segundo bombardeo atómico, esta vez sobre Nagasaki, otra ciudad indefensa al igual que la anterior, exterminando otras 73 mil personas en menos de un segundo.
El recuento total de las víctimas que murieron a causa de los dos bombardeos –tanto los que perecieron en el acto como quienes fallecieron con posterioridad- llegaba, en el año 2008, a poco más de 400 mil personas. El relato oficial estadounidense es que el bombardeo atómico precipitó la rendición incondicional de Japón y puso fin a la Segunda Guerra Mundial, ahorrando así miles de vidas de soldados norteamericanos. Pero la historia es diferente.

En realidad este brutal genocidio fue un cruel escarmiento porque política y militarmente Japón ya estaba derrotado y su capitulación final era cuestión de días. Derrotado en el Pacífico por Estados Unidos, las tropas soviéticas estaban prestas para invadir a Japón desde Manchuria y sus defensas serían rebasadas con facilitad.
Su suerte estaba echada. Pero esa certidumbre no contaba porque lo que Washington buscaba, aún al precio de perpetrar un horrendo crimen de guerra, era demostrar al mundo quien era la nueva potencia hegemónica del planeta y quien, gracias a su monopolio nuclear, estaba llamada a establecer un “orden mundial” (en realidad, un escandaloso desorden) congruente con sus intereses, y a cualquier precio.

Los bombardeos atómicos sobre las dos ciudades japonesas fue una suerte de sacrificio iniciático de la nueva era, concebido para enviar un potente mensaje para propios (principalmente sus aliados británicos y franceses) y ajenos, como sus ocasionales adversarios alemanes y japoneses, pero sobre todo para la Unión Soviética toda vez que la inesperada llegada del Ejército Rojo a Berlín contenía funestos desafíos para el nuevo orden imperial de la posguerra.

Si para que este mensaje fuera comprendido era preciso aniquilar a centenares de miles de personas indefensas se procedería sin remordimiento alguno, como lo proclamarían orgullosamente hasta el final de sus miserables vidas los tripulantes del B-29 que destruyó Hiroshima. Afortunadamente el monopolio nuclear en manos de Washington duró apenas unos años, y el chantaje atómico quedó neutralizado por el “equilibrio del terror”. Pero la pesadilla desatada con semejantes actos de barbarie habría de perdurar para siempre.

La prensa del establishment acompañó las mentiras oficiales justificatorias de la barbarie cometida aquel 6 de Agosto. Un artículo del New York Times, publicado el 13 de Septiembre de 1945, decía en su título que no había rastros de radioactividad en Hiroshima. Obedecía ciega e irresponsablemente a la censura impuesta por el Pentágono que prohibía hablar de radiación y decía, en cambio, que las víctimas japonesas murieron por el estallido de la bomba.

Fue la primera gran mentira de las muchas que hubo sobre el tema. Sin ir más lejos hoy se acusa a Irán de estar empeñado en la fabricación de armamento nuclear mientras se oculta la denuncia hecha por un científico israelí, Mordechai Vanunu, cuando en 1986 reveló al mundo que con la ayuda de Estados Unidos su país estaba construyendo un arsenal de más de 100 ojivas nucleares, más letales que las arrojadas sobre las dos ciudades del Japón. Wanunu fue secuestrado en Roma, condenado por un tribunal en Jerusalén a una pena de 18 años de cárcel acusado de traición y espionaje.

Pese a haber cumplido su sentencia (con 11 años y medios en celda de confinamiento solitario) y sin haber nuevos cargos en su contra las autoridades israelíes se rehúsan a otorgarle un pasaporte y le impiden salir de Israel. ¿Su crimen? Alertar al mundo sobre la posibilidad que un horror como el de Hiroshima y Nagasaki pueda desatarse en Oriente Medio. Por supuesto, la prensa “seria” ha decretado la muerte civil de Wanunu hace muchos años.

Como bien recuerda Noam Chomsky, con el fulminante asesinato en masa de varios centenares de miles de personas se cierra una época y da comienzo a otra, más ominosa. Según el lingüista “si alguna especie de extraterrestres fueran a compilar una historia del Homo Sapiens ellos podrían dividir el calendario en dos eras: AAN (antes de las armas nucleares) y DAN (después de las armas nucleares).

Esta última se abrió el 6 de Agosto de 1945, el primer día de la cuenta regresiva de lo que podría ser el inglorioso final de esta extraña especie, cuya inteligencia le permitió descubrir los medios efectivos para su propia destrucción pero -como lo sugiere la evidencia- no la capacidad intelectual y moral para controlar sus peores instintos.

Todavía hay esperanzas, pero no deja de ser preocupante el silencio con que ha transcurrido este nuevo aniversario de la atrocidad perpetrada en Hiroshima, sobre todo a la luz de la que en estos días hemos visto en Gaza por un estado que dispone de un formidable arsenal atómico y cuyos gobernantes han dado sobradas pruebas de una espeluznante inescrupulosidad moral.

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Fuente original: Atilio Borón  - TeleSur

El reformismo, una vez más, termina en la derecha

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Después de escuchar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner es inevitable quedar asombrado por la enorme contradicción que hay entre su discurso y la realidad. La vieja ilusión de algunos de querer conciliar el capital con el trabajo lleva a este tipo de incoherencias, reflejadas en acciones y en palabras. Es que el oficialismo tiene la obsesión permanente de presentar cosas vergonzosas como grandes triunfos, como anunciar un aumento del 11.3% en las jubilaciones mínimas que junto al aumento anterior se llega a un total del 27%. Esto da un total de $2757, mientras la canasta básica está por encima de los $9000. Se sigue pretendiendo tener un discurso popular cuando se acaba de devaluar la moneda, trayendo aparejado el aumento de precios que, sumado a la inflación anual, está destruyendo el bolsillo de la clase trabajadora argentina, ya que la devaluación afecta siempre a aquellos que perciben ingresos fijos y favorece a los empresarios. La intención del gobierno es controlar los próximos aumentos de salario para que estén por debajo de la inflación, transformándose los trabajadores en la variable de ajuste de la economía. Al parecer el gobierno quiere poner un techo del 30%, cuando la inflación de febrero 2013 a 2014 está por encima del 40%, impulsado esto por la devaluación de la moneda que pasó de $5 a $8 en 8 meses. A esto hay que sumar el reciente aumento del transporte público en un 66% y el posible el tarifazo que se viene insinuando en los servicios subsidiados por el Estado como la luz o el gas.

CFK planteo que el objetivo del modelo es la construcción de una “burguesía con conciencia nacional”, en un mundo dominado por el capital financiero, a lo que se agrega que después de casi 11 años de administración kirchnerista la economía está llegando al 70% de extranjerización, cifra que está por encima de la década neoliberal de los 90’. ¿Es ésta la “liberación” con la que hacen cánticos las bases militantes oficialistas? Frente al planteo burgués de que “los últimos años han sido para las empresas los de mayores ganancias” es imposible pretender tener un discurso coherente dirigido a los sectores populares. Esto es peor cuando se pretende justificar que en Argentina los trabajadores tienen un buen nivel de vida porque en una semana 439.000 asalariados pudieron acceder a comprar dólares para atesorar, en un país con más de 40 millones de habitantes, con más de 1/3 de los trabajadores en negro (trabajo informal) y la mitad que no supera los $4000 (cifras oficiales). En este sentida, “Cristina” se permitió plantear como un ejemplo de desigualdad social que un trabajador asalariado tenga un ingreso alto que le permite ahorrar mientras otros no pueden, olvidándose que las desigualdades sociales se superan a partir de una distribución real de la riqueza, no sacándole al que tiene un poco para darle al que tiene nada. Esto es propio de un gobierno pequeño burgués que quiere conciliar con todos los sectores sociales y termina satisfaciendo a nadie.

Pero la paranoia no termina ahí. La presidenta dijo que “el capital financiero no lo quiere mucho a este gobierno”, cuando es el sector que mayores ganancias tuvo, tornándose esto más absurdo cuando se sabe que la cantidad de dinero destinada al pago de la deuda externa durante la última década se aproxima a los 180.000 millones de dólares (no es necesario hacer cálculos de lo que se puede hacer con ese dinero). En ningún momento se insinuó siquiera la intención de revisar la deuda externa argentina, la cual creció escandalosamente durante la última dictadura militar y podría declararse (por lo menos una parte) ilegítima, ilegal, fraudulenta y odiosa. No hace falte para esto realizar ningún tipo de revolución marxista ni nada por el estilo (sería iluso pedirle eso al gobierno actual), sino tan solo mirar algunos ejemplos internacionales, teniendo muy cerca el del gobierno de Rafael Correa que, sin dejar de ser capitalista, solucionó el problema del endeudamiento tras revisar las irregularidades de la deuda externa ecuatoriana. Pero eso implicaría confrontar con sectores de poder real que el kirchnerismo no quiere ni puede enfrentar por sus limitaciones de clase.



Como no podía esperarse otra cosa de un discurso pequeñoburgués conciliador, Cristina Fernández pidió tranquilidad a los sindicatos para las próximas paritarias, aprovechando de pasada para hacerle un “tirón de orejas” al burócrata líder de la CGT oficialista Antonio Caló, que tuvo el exceso de admitir en una nota que a la gente no le alcanzaba para comer, recibiendo la respuesta de la presidenta de que “ningún trabajador se muere de hambre”. El líder metalúrgico, al cual no pareció gustarle mucho el reto, estuvo observando todo el tiempo callado con los brazos cruzados, optando por una postura un tanto más digna que la del líder de la CTA oficialista Hugo Yasky, que emocionado aplaudía mientras la presidenta decía que los sindicatos deben controlar más los precios en los supermercados y exigir menos aumentos de salario. De un genuflexo de este tamaño otra cosa no puede esperarse. Por cierto, el último acuerdo de precios (se hizo solamente sobre 194 productos) está fracasando como el anterior, ya que muchos de los productos no se encuentran en las góndolas, forzando a los consumidores a comprar los artículos que no entran dentro del acuerdo de precios.

Por último, la impotencia del gobierno se evidenció, una vez más, cuando en referencia a los empresarios la presidenta planteó: “tampoco nos molesta que hayan ganado tanta plata como han ganado, pero es necesario que sigan invirtiendo en el país. Si tengo mayor demanda, que aumente la inversión para producir más”. Queda claro lo iluso que es este planteo reformista de pretender dirigir y controlar al capital privado para lograr un capitalismo racional. Si la demanda aumenta, las corporaciones aprovechan para vender más caro y ganar más dinero. El carácter contradictorio de las políticas de este gobierno tiene su origen en el anacronismo de pretender, en el siglo XXI, un capitalismo independiente dirigido por una clase burguesa con conciencia nacional (históricamente con pensamiento parasitario y especulativo) en un mundo dominado por un puñado de corporaciones. Evidentemente, la consigna de “Socialismo o Barbarie” tiene aún más vigencia que en el siglo XX.


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¿Y ahora?... ¿Qué hacemos?

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No es intención de este artículo explicar cuáles son las causas que dieron origen a la actual crisis; el por qué de la inflación, de la caída en las reservas y de la devaluación. Lo que queremos es repasar, junto a nuestros lectores, todo lo que hemos escrito y que nos habilita a poder decir, en esta oportunidad, que ni hablamos con “el diario del lunes”, ni hacemos “leña del árbol caído”.

La existencia de una estructura productiva altamente concentrada y extranjerizada es una de las causas fundamentales de la inflación y que, más allá de discursos del oficialismo, de la oposición y del empresariado, La culpa de la inflación no es del salario.

La reforma a la Carta Orgánica del Banco Central perseguía el objetivo fundamental de utilizar los fondos para pagar deuda (es curioso releer que el artículo 3° reformado dice que la finalidad de su Directorio es mantener la estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, del empleo y del desarrollo económico con equidad social).

La falacia del des-endeudamiento; cómo este gobierno transmutó deuda probadamente ilegal a deuda legal con los canjes 2005 y 2010, cómo ha seguido creciendo el endeudamiento y de las consecuencias económicas, financieras y sociales que ocasiona seguir pagando deuda, con el sólo objetivo de dar señales claras para regresar al mercado internacional de capitales.

Dinero “oscuro”, dinero “blanqueado”, algunas decisiones del gobierno y que nos llevan a afirmar que: Las últimas medidas tomadas por el gobierno ante la necesidad de obtener dólares para las descendientes reservas del Banco Central, el arreglo para pagar juicios del CIADI y acelerar los préstamos del Banco Mundial, las reuniones con organismos financieros internacionales y el representante del tesoro norteamericano, son todos hechos que ya no dejan dudas respecto a lo que venimos afirmando: este modelo no se sostiene si no es con el retorno al endeudamiento externo.

Otras medidas significan pensar en salidas diferentes a las planteadas desde el gobierno y desde la oposición que añora el regreso a la libertad de mercado. Sin embargo, ambos tienen en común sostener una estructura económico-productiva que permanece sin cambios desde hace décadas. Transitar por otro camino significa abandonar la idea de lo posible para adoptar lo necesario para beneficio de las mayorías populares.

Deuda y modelo, cuánto asignaba el presupuesto a Salud y a Educación y cuánto al pago de deuda allápor 2012. Planteamos algunas dudas y luego de un año y medio algunas respuestas se han develado.
No preguntemos nuevamente cómo podrá seguir adelante un modelo que se sostiene en base a una economía altamente concentrada y extranjerizada. Un modelo que se financia en una parte importante con mayor endeudamiento. Un modelo que avanza sobre el diseño de una economía basada en el extractivismo. Un modelo para el cual los años de bonanza sirvieron esencialmente al capital concentrado y extranjerizado que acumuló ganancias y se las llevó al exterior. Un modelo que si bien ha otorgado algunos beneficios sociales no ha modificado elementos de la estructura económica ni productiva. Un modelo que se profundizó como agroexportador y que no logró reemplazar las importaciones con un esquema industrial nacional. Un modelo en el que, más allá de las estadísticas oficiales, muestra crecimiento de la pobreza y la desocupación. Donde ha caído el poder adquisitivo por la inflación no reconocida en los índices oficiales y porque los aumentos salariales logrados en paritarias de los trabajadores en blanco se los come, además, la retención de ganancias y el no haber aumentado el tope por el cual muchos trabajadores dejan de percibir las asignaciones familiares. Un modelo donde la tasa de empleo no registrado sigue anclada en casi 40%, y aumentan los “monotributistas” como forma de trabajo encubierto y el trabajo tercerizado. Un modelo en el que la tasa de ganancia del capital (o sea la rentabilidad sobre el capital invertido) en la década 2002-2010 se muestra superior a la del menemismo/neoliberalismo 1993-2001 (37,2% contra 24,8%). ¿Qué pasará con la deuda contraída con la ANSeS cuando ese dinero sea necesario para hacer frente al pago de los jubilados? ¿Se seguirá transitando por los caminos del endeudamiento sin que suceda lo mismo que provocó la salida de la convertibilidad a la que se la defendía como permanente e inmejorable? ¿No es acaso el tema del endeudamiento –y no del “desendeudamiento”- otro de los pilares estratégicos en el “modelo” que desde el gobierno se presenta como el mejor que ha tenido nuestro país?.

¿Dónde ponemos lo “nacional y popular” del modelo? Existe una diferenciación entre Modelo y Sistema. Además qué entendemos nosotros por lo “nacional y popular”: En el marco de la situación actual, “nacional y popular” sería tomar medidas basadas en un plan a largo plazo que tiendan a fortalecer la soberanía nacional y popular. Es decir, medidas que fortalezcan nuestra independencia, a favor de las mayorías populares y con una alta participación en sus decisiones por parte de estas. Acciones que no mueran en la coyuntura y que tiendan a transformar de fondo la realidad del pueblo. Que tengan como eje cambios en la forma de propiedad, en el qué se produce, quién, cómo y para quienes se produce.

El kirchenrismo, bajo “las corpos”, ha puesto siempre por delante el “enemigo” ante el cual nos convoca a cerrar filas: el “Campo”, el grupo Clarín, la derecha destituyente, la petrolera Shell, el empresariado que “la junta con pala” (en referencia a las ganancias). Acordamos con que éstos (y muchos otros a los que el gobierno beneficia) son “el enemigo”, no porque lo diga el kirchnerismo sino porque defienden un capitalismo, más o menos salvaje (al igual que este gobierno). No somos utópicos los que luchamos por otro modelo de país, sí lo son quienes imaginan una salida dentro del capitalismo, haciendo reformas y retoques que siempre terminan en crisis, que son inherentes a este sistema.

Asignar exclusivamente la responsabilidad de la situación actual al capital en sus diversas expresiones (financiera, industrial, agropecuaria, comunicacional, etc) es una parcialidad; porque es obvio que los capitalistas buscan hacer negocios, mantener la tasa de ganancia y para conseguirlo presionan contra los gobiernos cuando comienzan a representar un mínimo obstáculo. Esa película la vimos varias veces en Argentina y en otros países del mundo. Por lo tanto, la mayor responsabilidad es de los gobiernos (en este caso el actual) que le habilitan las condiciones (por acción u omisión) para posibilitárselos. No hay excusas. Diez años de kirchnerismo, con los primeros de despegue económico y consenso, no fueron utilizados para avanzar en otro modelo de país, con otros actores sociales y políticos.

Hoy hablamos de pobreza, marginalidad, trabajo precario; de planes sociales y asignaciones que este gobierno ha convertido en línea de acción permanente (no ya de una coyuntura que planteaba la necesidad de asistir a los más afectados post crisis 2001). La inflación no es una novedad, ya existía cuando el INDEC fue intervenido (y por eso lo fue). La devaluación de la moneda (provocada por Shell o por el gobierno, según quien la relate), no golpea ni golpeará a funcionarios, ni al empresariado que siempre se cubre para no perder, ni a las “corpos”. Los perjudicados de siempre son y serán quienes viven de una entrada fija, los asalariados en sus diversas formas, los pobres y los marginales.

Ante la primera devaluación oficial, el gobierno toma medidas que buscan controlar la inflación y el valor del dólar, cuya cotización incide en la producción transnacionalizada de nuestra economía: reforzar el acuerdo de “Precios Cuidados”, subir las tasas de interés para inducir al ahorro en pesos argentinos, flexibilizar la compra de divisas para atesorar, limitar la entrega de dólares para las importaciones, son algunas de ellas.

Son medidas de coyuntura. Lo que subyace sigue intacto: una deuda en crecimiento, componente financiero de la inflación, una economía concentrada y extranjerizada, basada en la producción primaria agroindustrial, en la fabricación de autos, en la construcción de viviendas (que solo pueden comprar las clases media y alta) y con la actividad financiera como el sector más rentable. (En 2013 acumuló ganancias superiores a $ 26 mil millones, un 34 % más que el año anterior).

Con este modelo- aunque pueda ser probable que algunas de las medidas de coyuntura funcionen- la crisis volverá a estallar y, como siempre ocurre, el capital quedará a salvo.

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Un nuevo 1º de Mayo.

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Este siglo XXI casi recién comienza a inscribir en la historia sus acontecimientos más significativos a nivel individual, nacional o mundial. Luego el tiempo, en su proceso de sedimentación y encumbramiento, se encargará de convertirlos en patrimonio de las generaciones futuras. Así ha ocurrido con los actos del 1 de Mayo que recuerdan en espíritu a
aquellos mártires de Chicago que fueron inmolados por la injusticia norteamericana, acusados y condenados a la pena capital por un crimen que no cometieron, y en cuyo honor y vindicación se acordó conmemorar en 1890 esta fecha representativa de las luchas obreras, por el Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional, celebrado en París en 1889. Al celebrar esta conmemoración, con manifestaciones festivas o marchas de protestas, con toda su significación y su carga de conquistas para los trabajadores durante más de una centuria, así como los remotos y posteriores reclamos justos de los trabajadores aún insatisfechos en los distintos países, vale reiterar los hechos que son raíces de la misma. El acontecimiento primario en el siglo XIX tuvo lugar el 1° de mayo de 1886, cuando 200.000 trabajadores iniciaron la huelga mientras que otros 200.000 obtenían la conquista exigida por los otros con la simple amenaza de paro.

Una de las reivindicaciones básicas de los trabajadores era la jornada de 8 horas. El hacer valer la máxima: “ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa”. Desde aquel acontecimiento ocurrido el 1 de mayo de 1886, que terminó siendo aciago durante los días 2, 3 y 4, pocas cosas esenciales han cambiado en los países sometidos al capitalismo salvaje. Si la huelga fue el instrumento esgrimido por los trabajadores norteamericanos y los
mártires de Chicago, con un saldo de muerte para sus protagonistas, aún hoy las noticias jalonan los derroteros de la clase obrera en procura dejusticia y equidad.

Un testigo visionario de aquellos tiempos, José Martí, expresó en juicio certero, el 15 de abril de 1887, lo siguiente: “no es esta o aquella huelga particular lo que importa, sino la condición social que a todas las engendra”; “menos huelgas habría o durarían menos, si los que las provocan por su injusticia no agravaran las razones de ellas con sus aires altivos, o con alardes de fuerza que enconan la herida de los que ya están cansados de ver ejercitada sobre ellos la fuerza ajena, y entran en el conocimiento y voluntad de su propia fuerza”; y “las huelgas son justas cuando se apoyan en un derecho claro” y es un “sistema justo…salvador y necesario cuando se usa para rechazar exageradas exigencias de los capitalistas”. Ante la realidad norteamericana de aquella época, Martí advertía: “Los pueblos, como los médicos, han de preferir prever la enfermedad, o curarla en sus raíces, a dejar que florezca en toda su pujanza, para combatir el mal desenvuelto por su propia culpa, con métodos sangrientos y desesperados”.

¡Qué gran consejo para el mundo contemporáneo en que tantas injusticias y culpas sociales andan del brazo a pesar de las voces que reclaman un mundo más justo y mejor! Para mayor elocuencia en el relato, Martí se hizo eco de las palabras de uno de los condenados, Georg Engel, antes de morir:

“¿Temblar porque me han vencido aquellos a quienes hubiera yo querido vencer? Este mundo no me parece justo; y yo he batallado, y batallo ahora con morir, para crear un mundo justo. ¿Qué me importa que mi muerte sea un asesinato judicial? ¿Cabe en un hombre que ha abrazado una causa tan gloriosa como la nuestra desear vivir cuando puede morir por ella?”

En fin, así ocurrieron aquellos sucesos de Chicago y se selló la suerte de aquellos mártires cuyos cortejos fúnebres, en su día, fueron acompañados de cientos de sus compañeros y partidarios. Ellos fueron: Georg Engel, alemán, 50 años, tipógrafo; Adolf Fischer, alemán, 30 años, periodista; Albert Parsons, estadounidense, 39 años, periodista, se entregó para estar con sus compañeros y fue juzgado igualmente; Hessois Auguste Spies, alemán, 31 años, periodista; Louis Linng, alemán, 22 años, carpintero. Este último para no ser ejecutado, se suicidó en su propia celda. Siempre estará justificado recordar a estos hombres apasionados por su afán de justicia, pues las ideas que defendían se han concretado en muchos países y reconocidas como derechos humanos internacionalmente, aunque aún reste mucho por conquistar en este terreno, ya que expresaba Martí que… “toda idea justa lleva en sí misma su realización”.

Y qué razón tuvo Martí cuando expresó que “ningún mártir muere en vano, ni ninguna idea se pierde en el ondular y revolverse de los vientos. La alejan o la acercan; pero siempre queda la memoria de haberla visto pasar”.

Retomando el origen primigenio de las luchas obreras y las represiones, que se han sucedido desde siglos hasta nuestros días, cabe afirmar que para la reflexión profunda de Martí quedaba claro que el egoísmo era el sustrato de los males sociales que inquietaban y alborotaban a los trabajadores, y éste prosigue siéndolo en la época contemporánea. Es que la riqueza desmedida engendra “ese culto general a la riqueza, pagado por todos, trae a todos ofuscados. El hombre cree, en engaño, que su principal, si no su único objeto en la tierra, es acumular una fortuna. Y le parece que toda otra dedicación que no sea la egoísta es una mala acción, muy censurable”.

Esa es la filosofía que impregna y emponzoña el alma de los ciudadanos en el capitalismo, que flota como una herencia perniciosa e irradia hacia todas partes; y es que, como expresara el Maestro, “las riquezas injustas; las riquezas que se arman contra la libertad, y la corrompen; las riquezas que excitan la ira de los necesitados, de los defraudados, vienen siempre del goce de un privilegio sobre las propiedades naturales, sobre los elementos, sobre el agua y la tierra, que sólo pueden pertenecer, a modo de depósito, al que saque mayor provecho de ellos para bienestar común. Con el trabajo honrado jamás se acumulan esas fortunas insolentes”. Y es que las sociedades presididas por el gran capital, a pesar de su evolución de siglos y sus variantes alcanzadas y desarrolladas hasta la actualidad, son en esencia autoritarias y antidemocráticas, aunque se vistan de seda y se proclamen paraísos liberales, pues como expresara
Martí visionariamente “…sociedad autoritaria es, por supuesto, aquella basada en el concepto, sincero o fingido, de la desigualdad humana, en la que se exige el cumplimiento de los deberes sociales a aquellos a quienes se niegan los derechos, en beneficio principal del poder y placer de los que se los niegan: mero resto del estado bárbaro”.

Y Martí, oteando el horizonte desde su atalaya en el siglo XIX, barruntaba que “…se viene encima, amasado por los trabajadores, un universo nuevo”, pues analizaba que “...cada hecho de que un trabajador sufre es consecuencia ordenada de un sistema que lo maltrata por igual a todos y que es traición de una parte de ellos negarse a cooperar a la obra pujante e idéntica de todos”.

Por eso, pudo evaluar, tal vez con un atisbo luminoso adelantado, al político y filósofo que puso su obra al servicio de la redención de la clase obrera. De él expresó: “Karl Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos…”. Ante su muerte, expresó con rotundez admirable: “Como se puso del lado de los débiles, merece honor”. Cuando los trabajadores argentinos desfilan a todo lo largo del país lo hacen integrados plenamente, y los trabajadores, campesinos, intelectuales, estudiantes, jóvenes, adultos y viejos, hombres y mujeres, civiles y militares llevan en sí mismos el honor y el deber de rendir el homenaje a la pléyade de mártires de las luchas obreras y el compromiso de que sus ideales e ideas, como instrumentos de lucha revolucionaria del pasado, presente y futuro, se defenderán con lealtad y consecuencia.

En esta hora de la historia, después de andar y desandar tantos caminos, no queda otra alternativa que mirar el futuro con ojos de guerreros y con el alma sensible de los soñadores.

Así estan las cosas País... por ahora.

La tierra y los pueblos

Creo que...





Algo importante como la comunicación individual y algo muy importante como es la libre expresión de los pueblos como tales en su propia tierra está azotando de una manera -a mi entender- enormemente fuerte en todas partes del planeta. Por eso esta vez decidí subir una especie de resumen de un trabajo sociabilistico que tuve que emprender y creo que radica en este punto el origen del problema comunicacional existente.


La civilización occidental, al llevar adelante la mundialización, ha impuesto asimismo su propia narrativa, su forma de ordenar el tiempo y, con ella, su modelo de explotación del planeta. En este sentido, la narrativa de la Historia es directamente del agotamiento de especies y reservas naturales que, de no corregirse el rumbo, pronostican que sí habrá un Final de los Tiempos. Para encontrar alternativas a esta amenaza se hace imprescindible que los pueblos del Sur reafirmen su diferencia histórica y brinden alternativas al modelo agotado.


DENSIDAD DE POBLACIÓN


La Historia y lo que oculta la globalización
De creer lo que Francis Fukuyama, asesor del gobierno de Estados Unidos, acuñara en un panfleto a inicios de la década de 1990, en este siglo XXI, estaríamos viviendo el “Fin de la Historia”. Se trataría del tiempo del fin de las edades y las naciones, que han de disolverse necesariamente en una comunidad global que ha resuelto sus diferencias, y por lo tanto, su historia.
Lo de Fukuyama pretendía ser un golpe al modelo narrativo occidental y moderno, con su concepto finalista del devenir, eso que se suele denominar “Historia” con mayúscula. La Historia, básicamente, es la herencia de la narrativa bíblica: en ella, el tiempo es lineal y tiende hacia un fin (en el caso bíblico, el juicio final y el cese del tránsito por “este valle de lágrimas” al que fueron deportados los humanos tras el pecado original). Esta es una noción patriarcal, que no coincide con la idea femenina de tiempo, regida por los ciclos menstruales, ni con la de la gran mayoría de los pueblos con narrativas que no proceden de la semítica, que prefieren concepciones también circulares. Así, por ejemplo, era circular -basada en los ciclos de la naturaleza- la ordenación del tiempo por parte de los miles de pueblos que vivían en el continente que finalmente fuera llamado América por los conquistadores europeos. Algo similar ocurre con la de los africanos que fueron sometidos por Europa y el Islam, mientras sigue su marcha el ciclo de reencarnaciones de varias culturas de la India.

Historia y tecnología
Un elemento a la vez cultural y tecnológico, como es la escritura, es lo que, dentro del modelo occidental, marca el ingreso a la Historia. Es decir, Occidente entiende por prehistoria aquella edad en que los humanos carecían de escritura, y por historia su capacidad de documentar escrituralmente su pasaje por el mundo. Como a partir del siglo XV y XVI los conquistadores europeos se encontraban con pueblos que guardaban sus tradiciones de forma oral, y no escrita, pasaban a considerarlos “pueblos sin historia”. Lo que equivale a decir que la mayor parte de la población del planeta, de acuerdo a este modelo, vivía en condición ahistórica, y su conquista y sometimiento, siempre según este modelo, marcaba su ingreso a la Historia y a un mundo con teleología, es decir, con finalidad.

El “progreso”
En el siglo XVI, Nicolás Machiavelo formuló un cambio dentro de la narrativa de la Historia. El hombre pasaba a ser su “agente”, es decir, quien la decidía. Ya la narrativa no era de Dios, sino del Hombre. Con el imperialismo europeo del siglo XVI, además, comenzó a imponerse a gran escala la explotación de los recursos naturales sin respetar los ciclos: cavar la tierra para buscar metales preciosos o retener en presas los cursos de agua para procurar oro fue consecuencia “natural” de la imposición del Hombre sobre la Naturaleza. Es decir, explotar los recursos sin importar el cumplimiento de los ciclos: el Hombre estaba ahí para ser artífice de su destino y del planeta, es decir, para hacer Historia.
En el siglo XVIII, el viejo modelo judeocristiano conoció una nueva deriva: amparada en la Razón y el progreso tecnológico, la Humanidad, fatalmente, debía alcanzar la felicidad. Georg W. Hegel, posteriormente, dio un nuevo giro a la sintaxis bíblica: la Historia no era más que la dialéctica entre el Amo y el Esclavo, y cuando la Idea se revelara a sí misma, la Historia encontraría su Fin. Karl Marx, a su turno, dio un nuevo giro: estábamos viviendo la Prehistoria, cuyo motor era la lucha de clases; cuando esta lucha viera fin, habríamos llegado -por fin- a la Historia.

De este breve repaso resulta obvio que lo planteado por Fukuyama no es más que una vuelta de tuerca a esta sintaxis: la comunidad global que habría resuelto sus diferencias, gracias al progreso tecnológico; hegelianamente, la Idea se reconoce a sí misma en la omnipresencia del capitalismo, y las historias nacionales (dentro de la sintaxis narrativa, el análogo al “valle de lágrimas” judeocristiano) se disuelven en el tiempo sin límites del mundo globalizado: en breve, con la mundialización habríamos llegado al Paraíso, esa edad sin Fin.

La falta de legitimidad
La precedente enumeración no tiene otro fin que señalar que estas teorizaciones sobre la Historia y la conceptualización del devenir no son más que brotes del mismo árbol judeocristiano, una sintaxis que, con variantes, se le ha venido imponiendo a todos los habitantes del planeta. En rigor, el agente que Occidente ha impuesto al planeta no es otro que la tecnología: la globalización, más que una “resolución de diferencias”, y más que una edad, es la imposición tecnológica de un modelo, el de la instantaneidad. A fuerza de satélites, módems y computadoras, todos los rincones del mundo han quedado sujetos y, en buena medida, interdependientes: la mundialización, que comenzó en el siglo XVI con las aventuras mercantiles europeas, se completa de forma tecnológica. Es más, carece de toda legitimidad, más que aquella que señalara Jean-François Lyotard: la del preformativo cuya única validez es la de autoenunciarse. No existe ya una narración que pueda legitimar a la tecnología, porque ya no se cree que ésta conlleve, como se creyó hasta el siglo XX, felicidad.

Actualmente, el modelo funciona solamente a partir de su rendimiento: el desarrollo tecnológico de Occidente ha interconectado al mundo, pero el mundo ya no puede vivir sin tecnología. Dicho de otro modo, los países del Norte no necesitan ya de las coartadas ideológicas del pasado (conquistar para “civilizar”, para “llevar el progreso” a esos pueblos caídos de la Historia) para someter al planeta. Ahora no hay legitimación, sólo interconexión tecnológica que, de por sí, está cargada de ideología occidental, porque fue producida según los parámetros de desarrollo de Occidente. La medida del tiempo, otrora para muchos pueblos regida por los ciclos de la naturaleza o las fases de los astros, devino la del instante, la del último momento de los noticieros o la actualización de Internet. Dicho de otro modo, se trata de la imposición del modelo lineal judeocristiano a través de la tecnología, ya sin discurso. Paradojalmente, las reivindicaciones que se puedan hacer a nombre de la “diferencia” nacional, quedan obstaculizadas por la dependencia al modelo de desarrollo tecnológico.

La salida imposible
Hasta el momento, “emanciparse” de Occidente parecería tarea ardua y radical, por ejemplo, como la que tomaran los talibanes en Afganistán (que el resto del mundo vio con sorpresa, desagrado, hasta que finalmente consintió en su aniquilación) prescindiendo de computadoras, de televisores y antenas parabólicas. Esto comportaba, no una “vuelta a la Edad Media”, como insistiera Estados Unidos antes, durante y después de los bombardeos que derrocaron al régimen Talibán, sino un intento de escindirse de la Historia (es decir, de esta narrativa occidental) y de su última enunciación, ésa que fuerza al planeta a vivir en un mundo instantáneo. Con sus infinitas diferencias y discrepancias, el planeta no pudo sino ver en el intento de emancipación de los talibanes un episodio grotesco, por la sencilla razón de encontrarse ya por completo “occidentalizado”, es decir, “simultaneizado”, dependiente de la tecnología que exportó el Norte, y con ella, de la ideología que le dio vida.

Paradojalmente, dentro de un relato que carece de legitimación, el mundo parece haberse totalizado, como pretendía Hegel. La Historia se ha demostrado una narrativa potentísima, un mecanismo de sumisión casi inmejorable. Más aún, si se retoma el modelo mencionado más arriba, se podría decir que, de las edades del mundo, ha tocado a Occidente dar al planeta su circularidad y completitud (el equivalente a la hegeliana idea de sí) y de unificarlo. Pero no se trata del Fin de los Tiempos, a pesar de que el modelo occidental de explotación de recursos naturales está amenazando seriamente el planeta. Los saberes de aquellos pueblos que aprendieron a medir su transcurrir en consonancia con los tiempos de la Naturaleza (es decir, con sus ciclos, y no con una fin ulterior) son imprescindibles para evitar el Fin del Fin.

Dependerá de los pueblos de este mundo, y precisamente de las estrategias a las que recurran para reafirmar su diferencia histórica, que el devenir recupere su sentido y, acaso, su legitimidad.

Esto no es una tarea fácil, las empresas y los intereses que hay detras de todo esto es muy grande y por ello hay que ser cautelosos en esto pero sin perder la valentía. Ya que recien cuando exista una libertad individual podremos hacer algo masivamente también. Combatir a los mismos principios del capitalismo en razón de los intereses individuales para jugar así con las mismas armas y no segir en desventaja creyendo todo lo que "vemos" o "escuchamos" porque nos van a decir solo lo que "ellos" quieren que sepamos.



...


Señoras y señores, lo pondré así: La liberación ha de ser personal e íntima. Individual. Si yo cambio, si me libero, relativizo las verdades impuestas, si me autoinformo, desarrollo el pensamiento crítico y la empatía. En definitiva, si soy capaz de ver y amar. Si mi vecino hace lo mismo. Y el vecino de mi vecino sigue un proceso similar. Si lo hace mi familia. La tuya. La de desconocidos.

¿No generaría esto, por si mismo, un cambio realmente espectacular? Es el efecto Ripple.

Comencemos por nosotros mismos.

Te preguntarás ¿Qué pretende esta gente, una Utopía? Probablemente ni nos lo planteamos. Luchamos por una meta personal y trabajamos por la difusión de esta meta.

No estamos solos en este esfuerzo.



R.J.M.- Hommo-Sapiens



Así estan las cosas País... por ahora.

Soy aristóctata (El pasado también tiene derecho)

Creo que...



Árboles de la ribera,
tened compasión de mi
que estoy diciendo de veras
y nadie me quiere oír.
Esto es morirse de pena.

(Fandango)

Llevo un tiempo haciendo una especie de trabajo de campo intensivo, a mi manera: introduciéndome en territorios virtuales y reales; leyendo, viendo y escuchando voces, ideas, sentimientos y sentires de hombres, mujeres, jóvenes con suerte y jóvenes destrozados, pero todavía esperanzados. Increíble, pero cierto. También me he topado con “humanoides”, que no son solo los banqueros, o los políticos y sindicalistas, tan denostados.

Nos lo advirtió Pier Paolo Pasolini: “la burguesía –así decíamos ayer- no es una clase social, sino una enfermedad contagiosa” que genera al “último hombre”, conformista, superficial, impasible, sin conciencia de los valores fieramente humanos y, por tanto, despreciable. Así lo creía F. Nietzsche que, con su irracionalismo burgués a cuestas, nos encandiló anunciándonos la llegada de un “suprahombre”, dueño de sí y confiado en su propio poder. Pero el hombre real, Nietzsche, contagiado de sí y de su herencia familiar e incapaz de emanciparse de lo mismo que denunciaba, se equivocaba; también él se equivocaba, porque ese “último hombre” no fue reemplazado por el “super o suprahombre”, sino por el hombre-máquina, calculador y autómata emocional, creativo de novedades pero de escasa inventiva, para imaginar y forjar algo original, con potencia para enfrentarse al dominio de las corporaciones y las élites económicas, políticas y las pensantes I+D+i.

No es de extrañar que la sordera de los mandamases ante las necesidades y demandas vitales de la gente, junto con el protagonismo absoluto de la mentira político-moral y los enredos mediáticos, sea la “marca de clase” de nuestra transaccional democracia, venida al mundo sin haber roto aguas por la vía natural de una ruptura democrática. Quizás por esa forma de nacimiento, las libertades colectivas e individuales de los de abajo, son de día en día culpabilizadas, castigadas, mermadas y, lo que es peor, aceptadas como el precio a pagar por habernos resignado a vivir por debajo de nuestras posibilidades de desarrollo intelectual y moral. Desde luego se mantiene, con muchas limitaciones, la libertad de expresión, pero apenas se practica esa otra forma de libertad que los antiguos griegos conocían como “parresía”, algo más profundo y de mayor alcance que la mera libertad de expresión.

(Un paréntesis: “parresía” o práctica de decirlo todo, significa libertad en el uso del lenguaje, franqueza, sinceridad, alegría, confianza. Requiere que, al manifestar su verdad como opinión, el sujeto corra un riesgo en la relación que mantiene con su destinatario. Si este tiene poder y es incapaz de tolerar la verdad, el riesgo puede convertirse en un peligro real. En la “parresía”, el receptor de la verdad –el pueblo, el Rey, el Gobierno, el amigo, el amante- debe hacerse cargo de ella, por ofensiva que sea, pues se supone que quien se arriesga a cantar las cuarenta, ha de ser escuchado. La “parresía” viene a ser un pacto entre el arrojo de decir la verdad y la generosidad o magnanimidad de aceptarla. Así, más o menos, lo explicaba Foucault. Creo que podemos estar de acuerdo en que la “parresía”, en estos tiempos, no es una práctica político-moral y ética habitual).

Hay que reconocerlo. Escuchar, cansa. Nos deshace y eso produce angustia, al no saber si será posible rehacernos como seres humanos. Pero da la impresión de que toleramos mejor ser desechos que deshechos, de la misma manera que imaginamos, con más naturalidad, el fin del mundo que el fin del capitalismo, sistema de producción de la vida que, con su atracción fatal, nos mantiene en ascuas, en un continuo no saber a qué mercado y ofertas atenerse. Sí, trabajar cansa; escuchar, cansa, pro nadie negará que ambas “actividades” tienen sus compensaciones. Un poco de paciencia, que cuento, para ir al grano:

Hace aproximadamente un mes, tomaba el aperitivo con unos jóvenes; uno de ellos trajo a colación lo que Machado, por boca del maestro Mairena, entendía que era o debía ser la democracia: una forma política cuyo objetivo no podía ser otro que “hacer de cada ser humano un aristócrata”; nunca una piltrafa, un trapo viejo, un “instrumentum vocale”, un recurso de usar y tirar o, en el mejor de los casos, una persona de “industria”, hábil en artimañas y facultades para la supervivencia. En nuestra distendida charla habíamos contado y comentado los pasos de la procesión económico-política, en dirección al Matadero, a la que como espectadores y sufridos penitentes estábamos asistiendo. Los “pasos” son conocidos, en carne viva, por todos. Nos unía el afán, el estudio, el deseo compartido de intentar modificar tal estado de cosas, intolerable por mezquino e indecente. La lucha sería dura y los efectivos muy desiguales. Coincidíamos en que los sujetos que tendrían, tendríamos que corregir los desaguisados, estábamos aherrojados, azotados, con una sensación de impotencia y minusvalía paralizante, dándonos de antemano por desahuciados. Pero nos dijimos: da igual. Esa “corrosión del carácter” puede ser tratada. Y, en memoria de Beckett, casi al unísono, proclamamos: “Jamás fracasar. Probar otra vez. Fracasar otra vez. Fracasar mejor”. No se nos ocurra imitar a esa izquierda pacata, contumaz en el autoengaño y acostumbrada a concebir la política como una cuenta de resultados, un asunto de prevención de riesgos y de gestión de lo dado, más que como un compromiso moral, capaz de poner la vida en juego, por lo que se necesita y se ama.

Y, de pronto, uno de los presentes dijo: recordemos. En situaciones difíciles y conflictivas, cuando especialistas y expertos habían fracasado (era lo normal entonces y ahora), los griegos antiguos recurrían a los poetas. Eran ellos quienes finalmente zanjaban las cuestiones imposibles. Recurramos también nosotros a los poetas, a D. Antonio Machado, por ejemplo y hagamos nuestras las palabras del Maestro Mairena. Atrevámonos a ser aristócratas, a sabiendas de que nobleza obliga. Procuremos los medios para llegar a serlo. No nos resignemos al eclipse de la razón ilustrada y al empantanamiento de nuestras vidas minúsculas. Proclamemos a los cuatro vientos, nuestra condición, nuestro deseo, nuestro compromiso democrático: Soy un aristócrata, soy una aristócrata y no me resigno al déficit político democrático, a la tacañería económica y sus contabilidades creativas, al sadismo moral que, a golpes de hisopo y de decretos, trata de regular nuestras vidas, al dictado de la más rancia y corrosiva carcundia. Estoy furiosa, estoy furioso y no aguanto más el actual estado de cosas, que atenta contra las vidas, anula las conciencias y arrincona la imaginación, la memoria y la esperanza. Todo a la vez y paso a paso de oca.

La ocurrencia nos parecía una idea estimulante y decidimos difundirla. Mis jóvenes amigos en sus redes sociales. Una, que ni está ni se la espera en “feiss” ni en “tuits”, recibió el encargo de ocuparse de otros “medios”. Y aquí estoy, contándolo en Salamandra Roja, a ver qué pasa. No dejarse avasallar, responder organizada y colectivamente a los atropellos: esa es la cuestión y es urgente. Se trata de una emergencia. Lo sabemos.

Quede dicho, en memoria de mi padre, Abraham y de todos aquellos (plural genérico) defensores de la legalidad republicana que fueron perseguidos, maltratados, llevados al cuarto oscuro, reducidos al silencio y despojados del ejercicio de sus profesiones. Y no desertaron. En agradecimiento a esos ciudadanos, aristócratas honestos que actuaron como guardianes entre el centeno y pelearon como leones y nunca fueron condecorados con cruces, ni medallas, ni placas de sufrimientos por la patria. Sería una indecencia y un desatino olvidarlo: el pasado también tiene derechos.

Salud y fuerza, ciudadanos aristócratas.


Así estan las cosas País... por ahora.

Clase abierta de Derecho

Creo que...


La regla es inapelable: “Un jugador queda off side cuando, al recibir un pase, está más cerca de la línea de gol que el penúltimo adversario”.

No es una norma hecha para un jugador determinado .
A nadie se le ocurre que se pueda cambiar el reglamento una vez comenzado el partido . Esto, tan claro hablando de fútbol, no se ve con igual claridad cuando se trata de leyes que rigen, no ya un partido, sino la vida de todos los ciudadanos.
El Congreso sanciona, en ocasiones, leyes destinadas a favorecer o perjudicar a tal o cual persona o empresa . Viola así el reglamento al que debe ajustarse el juego democrático.
Las leyes tienen que ser de confección; no a medida.
En sociedades que han vivido bajo dictaduras, esta idea elemental puede estar deshidratada. Es que las dictaduras no sólo hieren mientras duran; dejan secuelas que afectan por largo tiempo el funcionamiento social. Hay gobernantes, libremente elegidos, que a veces envidian la potestad de aquellos que legislaban en la Casa de Gobierno y habían destituido a la Corte de un plumazo. Eso los lleva a cierta heterodoxia constitucional.
Si cuentan con mayoría suficiente en el Congreso, hacen que su voluntad, cualquiera sea, se convierta en ley.
Y suponen que esa ley es palabra santa.

Las leyes no nacen, sin embargo, inmunes a la acción de los otros poderes del Estado.
El mismo Ejecutivo puede matarlas o amputarlas, y de hecho lo hace con algunas que son resultado de voluntades ajenas. El veto le permite borrar lo que han escrito los legisladores. Ocurrió en 2008. La Ley de Protección de los Glaciares fue aprobada por unanimidad en ambas cámaras, pero a la Presidenta no le gustó lo que decía, ejerció el poder de veto y dejó a la ley en la nada.
A nadie se le ocurrió que esa decisión creara un conflicto de poderes.
También el Poder Judicial puede dejar una ley sin efecto, en este caso no a su arbitrio, sino cuando la ley choca con algún precepto de la Constitución.
Cuestionada la constitucionalidad de una norma, la Justicia (en última instancia la Corte) debe decidir si hay o no violación de la Carta Magna. Si los jueces encuentran que tal violación no existe, la norma tendrá vigencia plena y nadie podrá incumplirla. En cambio, si la justicia la juzga inconstitucional, será como si, para quien la cuestionó, esa norma nunca hubiese existido.
Lo saben hasta los alumnos de la secundaria que han estudiado Instrucción Cívica. Pero lo olvidan (o parecen olvidarlo) funcionarios que sueñan con tener a la Constitución en el bolsillo.
Hay, en la Argentina actual, quienes añoran, no ya los poderes omnímodos de las Juntas, pero sí las facilidades que daba la “Corte adicta”: aquella que armó el presidente Carlos Menem, nombrando a cinco jueces aliados para asegurarse la “mayoría automática”.
Es una aspiración que debería dejarse de lado.
No cabe pretender que un miembro de la Corte sea leal, no a la Constitución, sino al gobierno que lo promovió.
Si los jueces sintieran que tienen una deuda de gratitud, también el presidente Néstor Kirchner, y su sucesora, habrían gozado de una mayoría automática en la Corte. Él nombró a cuatro de los siete miembros que hoy integran el tribunal.

En los últimos días fue notorio que, a juicio de varios funcionarios, la deuda de gratitud existe y debe ser honrada. Se los ha oído decir que, si se apartan de la voluntad oficial, los jueces incurren en infidelidad política , promueven la inestabilidad institucional y hacen que los poderes del Estado entren en conflicto.
Esto ocurre a propósito de la Ley de medios, norma a la cual el Gobierno asigna una importancia capital. Pero puede haber, en el futuro, objetivos tanto o más importantes, y sería demasiado grave que ahora se cristalizara -en el Gobierno y en la parte de la población que lo apoya- la idea de que los magistrados deben obediencia.

Más allá del caso que hoy conmueve, debe quedar claro que la Justicia no está obligada a la aceptación incondicional de cualquier texto aprobado por el Congreso , sin importar que ese texto se ajuste o no a la Constitución.

Lo primero que debe desaparecer es una teoría extravagante, esbozada recientemente por algunas figuras del Gobierno, según la cual la Justicia, en caso de no avalar los actos del Ejecutivo o “alzarse” contra una ley, contraviene la voluntad popular expresada en las urnas.
La Constitución no tolera que la Justicia sea sometida a los vaivenes electorales. Quiere que los gobiernos sean transitorios y la justicia, permanente.
Lo que impide comprenderlo es el partidismo extremo, que lleva a negar lo innegable. Para alguien embrujado por el fanatismo, está bien lo que favorece a su bando, y mal lo que favorece al contrario.
El filósofo John Rawls, autor de Teoría de la Justicia , imaginó un escenario ideal. Los miembros de una futura sociedad pactan las normas que van a regirlos, ignorando cada uno si será rico o pobre, industrial o peón, gobernante o gobernado. El “velo de la ignorancia” hace que cada uno promueva leyes justas, ya que no sabe cuál le jugará a favor y cuál le jugará en contra.

La fantasía de Rawls sirve para sostener que, en la elaboración y aplicación de las leyes, es necesario hacer -hasta donde sea posible- abstracción de los intereses propios. Eso requiere esfuerzos que ojalá todas las mayorías (la presente y las futuras) estén dispuestas a hacer: 1. Desechar la idea según la cual, invocando un “interés superior”, se puede sancionar una ley aplicable a hechos que ocurrieron cuando esa ley aún no existía.
2. Abstenerse de propiciar leyes con nombre y apellido, concebidas para premiar a un amigo o castigar a un adversario.
3. Aceptar que, nos dé la razón o nos la quite, la Justicia tiene, en toda República, la última palabra.


Así estan las cosas País... por ahora.

La mediocridad conservadora

Creo que...




Si tuviésemos que encontrar un rasgo distintivo de los distintos personajes que se ubican en el espacio conservador de la política nacional, no existen dudas que la cualidad más notoria, al menos en la construcción argumentativa de su discurso, es el de la mediocridad. Por cierto que, esa característica no es fruto de la espontaneidad; por el contrario, es la resultante de un proceso político-cultural que vino desarrollándose durante décadas y que alcanzo su cenit durante la afamada década de los 90.

La instauración de un discurso único, esencialmente vacío de contenido, que tenía por propósito anular la discusión y el debate de ideas, la apelación a llamativos eslóganes que propiciaban de “moldes” donde se depositaban frases inconsistentes, la recurrente farandulización de la política como herramienta “apta” para entronizar la forma en desmedro de la solidez del pensamiento, sustentada por “la descabellada hipótesis” del fin de la historia; determinó, inexorablemente, una profunda declinación intelectual por parte de quienes pasaron a representar el pensamiento conservador en la Argentina.

Por cierto, la ilusoria creencia de que el sujeto social había sido desplazado definitivamente por el “sujeto individual” inhumando, en consecuencia, los reclamos colectivos; exaltó, hasta límites inimaginables, los corazones de los exégetas del libre mercado.

Pero luego de ese intervalo de fama y de éxtasis, que muchos confundieron con la eternidad, y donde el “dogma neoliberal” se había convertido en una suerte de “best seller” bajo el auspicio de los grandes centros académicos y los Think Tanks creados al efecto; pues, sobrevino lo esperado. Concretamente, la aparición de la realidad. Fue, entonces, como ella terminó fagocitándose a la fama y demostrando, a su vez, la falacia del mentado dogma.

Sin embargo, algunos de los efectos -si bien, menguados en intensidad- del otrora ponderado “dogma”, todavía siguen diseminando sus males sobre la estructura económico-social argentina; y lo que es peor aún, también sus consecuencias perduran en las “eclipsadas y frágiles mentes” de quienes abrazaron la moda neoliberal cual si fuese “la verdad revelada”. Un claro ejemplo de ello, ha sido la promocionada marcha del 8 de noviembre.

No obstante, donde sí se produce una alarmante notoriedad del pensamiento mediocre, es en los miembros del establishment “argentino” que procuran perpetuarse como dueños del país sin reparar en los cambios que, para bien, ha sufrido nuestra sociedad.

Dejemos fuera de nuestro análisis a los amanuenses de la prensa, quienes han demostrado cierta “destreza” para ensimismarse con la mediocridad –si bien, muchos de ellos lo hacen con absoluta naturalidad- en aras de engrosar su patrimonio.

Pero los antiguos “dueños de la argentina”, se encuentran muy molestos por el despertar del sujeto colectivo; pues, añoran “la belle époque” de los 90, cuando el pueblo “anestesiado” por los medios de comunicación permanecía impávido ante la destrucción de su futuro.

La reciente entrevista realizada al director del diario La Nación, Bartolomé Mitre, por el semanario brasileño “Veja”, pone de manifiesto ese malestar al que estamos haciendo referencia. Veamos algunas de sus expresiones:

-“Cristina utiliza el argumento de la democracia en su favor, pero no es más que una farsa. El gobierno viola la libertad de expresión. En el Congreso hace lo que quiere. Ni el gobierno de Perón, ni el de la dictadura militar llegaba a tanto".


No resiste el menor análisis expresar la burda y falaz muletilla de que “en el país se viola la libertad de expresión”. En cuanto a que la Presidenta “utiliza la democracia en su favor”; debe entenderse en favor del pueblo. Hecho éste que irrita sobremanera al “culto y refinado” señor. Es significativo escuchar, entre otras cosas, que “ni la dictadura llego a tanto”, máxime atendiendo a que esa misma dictadura militar (y absteniéndonos del programado genocidio ejecutado) suprimió no solo el Congreso, sino las libertades de todo tipo. Pues, hasta los mismos dirigentes de la oposición (muchos de ellos parlamentarios) deberían salir al cruce de tamaña mendacidad. Por otra parte, es entendible, que el director de un periódico que se apropió ilegalmente – junto a su socio de Clarín- de la empresa Papel Prensa, en aquella etapa trágica de la historia argentina, reivindique (o atenúe desde su óptica) el accionar de un gobierno de facto.

- “Vivimos una dictadura de los votos”.

Semejante afirmación, pone al desnudo el pensamiento de Mitre. Asociar la dictadura con los votos, es tener una concepción “muy particular” de la democracia. Tal vez, y atendiendo a que su sector no puede apelar como en otras épocas al golpe militar, puede que opte por elogiar la democracia de principios del siglo XX. Aquella que hiciera pronunciar a Uberto Vignart en la legislatura bonaerense, la ilustrativa frase: ¡¡Bendito sea el fraude!!

-“Argentina no es más un país culto. Hay una élite que piensa de una manera y una clase baja que no se informa, no escucha, no toma conciencia y sigue a la Presidenta”.

Típica expresión de quienes tienen un concepto muy restringido de “Cultura”, a tal punto que revelan una ignorancia superlativa de la verdadera significación del término. Como si la cultura fuese la negación de lo popular. ¿Sería bueno preguntarle, a éste señor, donde ubicó a “la clase media” tan ninguneada por la oligarquía a lo largo de la historia? A pesar de que no pocos de ésta clase, bueno es reconocerlo, tratan de congraciarse con el sector al que éste individuo pertenece.

Por suerte, la clase media se ha duplicado en la Argentina (Banco Mundial, dixit), lo que nos hace suponer que una buena franja de ella, va a ponderar los meritos realizados por el gobierno.

Por lo demás, si el pueblo estuviése plenamente informado; muchos de estos señores se verían obligados a permanecer en silencio para que el pueblo no recuerde sus antecedentes históricos. Que, entre otras cosas, no han sido "muy proclives" a fomentar la grandeza de nuestro país.

En fin, debo confesar que a esta altura uno no alcanza a discernir si sus expresiones están forjadas al calor de sus intereses o en función de su ignorancia. Seguramente ambas cosas deben confluir en “el cerebro” de éste verborrágico hombre; pero de lo que sí debemos estar seguros es que, es la expresión más acabada del auténtico mediocre.


Así estan las cosas País... por ahora.