El reformismo, una vez más, termina en la derecha

Creo que...






Después de escuchar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner es inevitable quedar asombrado por la enorme contradicción que hay entre su discurso y la realidad. La vieja ilusión de algunos de querer conciliar el capital con el trabajo lleva a este tipo de incoherencias, reflejadas en acciones y en palabras. Es que el oficialismo tiene la obsesión permanente de presentar cosas vergonzosas como grandes triunfos, como anunciar un aumento del 11.3% en las jubilaciones mínimas que junto al aumento anterior se llega a un total del 27%. Esto da un total de $2757, mientras la canasta básica está por encima de los $9000. Se sigue pretendiendo tener un discurso popular cuando se acaba de devaluar la moneda, trayendo aparejado el aumento de precios que, sumado a la inflación anual, está destruyendo el bolsillo de la clase trabajadora argentina, ya que la devaluación afecta siempre a aquellos que perciben ingresos fijos y favorece a los empresarios. La intención del gobierno es controlar los próximos aumentos de salario para que estén por debajo de la inflación, transformándose los trabajadores en la variable de ajuste de la economía. Al parecer el gobierno quiere poner un techo del 30%, cuando la inflación de febrero 2013 a 2014 está por encima del 40%, impulsado esto por la devaluación de la moneda que pasó de $5 a $8 en 8 meses. A esto hay que sumar el reciente aumento del transporte público en un 66% y el posible el tarifazo que se viene insinuando en los servicios subsidiados por el Estado como la luz o el gas.

CFK planteo que el objetivo del modelo es la construcción de una “burguesía con conciencia nacional”, en un mundo dominado por el capital financiero, a lo que se agrega que después de casi 11 años de administración kirchnerista la economía está llegando al 70% de extranjerización, cifra que está por encima de la década neoliberal de los 90’. ¿Es ésta la “liberación” con la que hacen cánticos las bases militantes oficialistas? Frente al planteo burgués de que “los últimos años han sido para las empresas los de mayores ganancias” es imposible pretender tener un discurso coherente dirigido a los sectores populares. Esto es peor cuando se pretende justificar que en Argentina los trabajadores tienen un buen nivel de vida porque en una semana 439.000 asalariados pudieron acceder a comprar dólares para atesorar, en un país con más de 40 millones de habitantes, con más de 1/3 de los trabajadores en negro (trabajo informal) y la mitad que no supera los $4000 (cifras oficiales). En este sentida, “Cristina” se permitió plantear como un ejemplo de desigualdad social que un trabajador asalariado tenga un ingreso alto que le permite ahorrar mientras otros no pueden, olvidándose que las desigualdades sociales se superan a partir de una distribución real de la riqueza, no sacándole al que tiene un poco para darle al que tiene nada. Esto es propio de un gobierno pequeño burgués que quiere conciliar con todos los sectores sociales y termina satisfaciendo a nadie.

Pero la paranoia no termina ahí. La presidenta dijo que “el capital financiero no lo quiere mucho a este gobierno”, cuando es el sector que mayores ganancias tuvo, tornándose esto más absurdo cuando se sabe que la cantidad de dinero destinada al pago de la deuda externa durante la última década se aproxima a los 180.000 millones de dólares (no es necesario hacer cálculos de lo que se puede hacer con ese dinero). En ningún momento se insinuó siquiera la intención de revisar la deuda externa argentina, la cual creció escandalosamente durante la última dictadura militar y podría declararse (por lo menos una parte) ilegítima, ilegal, fraudulenta y odiosa. No hace falte para esto realizar ningún tipo de revolución marxista ni nada por el estilo (sería iluso pedirle eso al gobierno actual), sino tan solo mirar algunos ejemplos internacionales, teniendo muy cerca el del gobierno de Rafael Correa que, sin dejar de ser capitalista, solucionó el problema del endeudamiento tras revisar las irregularidades de la deuda externa ecuatoriana. Pero eso implicaría confrontar con sectores de poder real que el kirchnerismo no quiere ni puede enfrentar por sus limitaciones de clase.



Como no podía esperarse otra cosa de un discurso pequeñoburgués conciliador, Cristina Fernández pidió tranquilidad a los sindicatos para las próximas paritarias, aprovechando de pasada para hacerle un “tirón de orejas” al burócrata líder de la CGT oficialista Antonio Caló, que tuvo el exceso de admitir en una nota que a la gente no le alcanzaba para comer, recibiendo la respuesta de la presidenta de que “ningún trabajador se muere de hambre”. El líder metalúrgico, al cual no pareció gustarle mucho el reto, estuvo observando todo el tiempo callado con los brazos cruzados, optando por una postura un tanto más digna que la del líder de la CTA oficialista Hugo Yasky, que emocionado aplaudía mientras la presidenta decía que los sindicatos deben controlar más los precios en los supermercados y exigir menos aumentos de salario. De un genuflexo de este tamaño otra cosa no puede esperarse. Por cierto, el último acuerdo de precios (se hizo solamente sobre 194 productos) está fracasando como el anterior, ya que muchos de los productos no se encuentran en las góndolas, forzando a los consumidores a comprar los artículos que no entran dentro del acuerdo de precios.

Por último, la impotencia del gobierno se evidenció, una vez más, cuando en referencia a los empresarios la presidenta planteó: “tampoco nos molesta que hayan ganado tanta plata como han ganado, pero es necesario que sigan invirtiendo en el país. Si tengo mayor demanda, que aumente la inversión para producir más”. Queda claro lo iluso que es este planteo reformista de pretender dirigir y controlar al capital privado para lograr un capitalismo racional. Si la demanda aumenta, las corporaciones aprovechan para vender más caro y ganar más dinero. El carácter contradictorio de las políticas de este gobierno tiene su origen en el anacronismo de pretender, en el siglo XXI, un capitalismo independiente dirigido por una clase burguesa con conciencia nacional (históricamente con pensamiento parasitario y especulativo) en un mundo dominado por un puñado de corporaciones. Evidentemente, la consigna de “Socialismo o Barbarie” tiene aún más vigencia que en el siglo XX.


Así estan las cosas País... por ahora.

¿Y ahora?... ¿Qué hacemos?

Creo que...



No es intención de este artículo explicar cuáles son las causas que dieron origen a la actual crisis; el por qué de la inflación, de la caída en las reservas y de la devaluación. Lo que queremos es repasar, junto a nuestros lectores, todo lo que hemos escrito y que nos habilita a poder decir, en esta oportunidad, que ni hablamos con “el diario del lunes”, ni hacemos “leña del árbol caído”.

La existencia de una estructura productiva altamente concentrada y extranjerizada es una de las causas fundamentales de la inflación y que, más allá de discursos del oficialismo, de la oposición y del empresariado, La culpa de la inflación no es del salario.

La reforma a la Carta Orgánica del Banco Central perseguía el objetivo fundamental de utilizar los fondos para pagar deuda (es curioso releer que el artículo 3° reformado dice que la finalidad de su Directorio es mantener la estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, del empleo y del desarrollo económico con equidad social).

La falacia del des-endeudamiento; cómo este gobierno transmutó deuda probadamente ilegal a deuda legal con los canjes 2005 y 2010, cómo ha seguido creciendo el endeudamiento y de las consecuencias económicas, financieras y sociales que ocasiona seguir pagando deuda, con el sólo objetivo de dar señales claras para regresar al mercado internacional de capitales.

Dinero “oscuro”, dinero “blanqueado”, algunas decisiones del gobierno y que nos llevan a afirmar que: Las últimas medidas tomadas por el gobierno ante la necesidad de obtener dólares para las descendientes reservas del Banco Central, el arreglo para pagar juicios del CIADI y acelerar los préstamos del Banco Mundial, las reuniones con organismos financieros internacionales y el representante del tesoro norteamericano, son todos hechos que ya no dejan dudas respecto a lo que venimos afirmando: este modelo no se sostiene si no es con el retorno al endeudamiento externo.

Otras medidas significan pensar en salidas diferentes a las planteadas desde el gobierno y desde la oposición que añora el regreso a la libertad de mercado. Sin embargo, ambos tienen en común sostener una estructura económico-productiva que permanece sin cambios desde hace décadas. Transitar por otro camino significa abandonar la idea de lo posible para adoptar lo necesario para beneficio de las mayorías populares.

Deuda y modelo, cuánto asignaba el presupuesto a Salud y a Educación y cuánto al pago de deuda allápor 2012. Planteamos algunas dudas y luego de un año y medio algunas respuestas se han develado.
No preguntemos nuevamente cómo podrá seguir adelante un modelo que se sostiene en base a una economía altamente concentrada y extranjerizada. Un modelo que se financia en una parte importante con mayor endeudamiento. Un modelo que avanza sobre el diseño de una economía basada en el extractivismo. Un modelo para el cual los años de bonanza sirvieron esencialmente al capital concentrado y extranjerizado que acumuló ganancias y se las llevó al exterior. Un modelo que si bien ha otorgado algunos beneficios sociales no ha modificado elementos de la estructura económica ni productiva. Un modelo que se profundizó como agroexportador y que no logró reemplazar las importaciones con un esquema industrial nacional. Un modelo en el que, más allá de las estadísticas oficiales, muestra crecimiento de la pobreza y la desocupación. Donde ha caído el poder adquisitivo por la inflación no reconocida en los índices oficiales y porque los aumentos salariales logrados en paritarias de los trabajadores en blanco se los come, además, la retención de ganancias y el no haber aumentado el tope por el cual muchos trabajadores dejan de percibir las asignaciones familiares. Un modelo donde la tasa de empleo no registrado sigue anclada en casi 40%, y aumentan los “monotributistas” como forma de trabajo encubierto y el trabajo tercerizado. Un modelo en el que la tasa de ganancia del capital (o sea la rentabilidad sobre el capital invertido) en la década 2002-2010 se muestra superior a la del menemismo/neoliberalismo 1993-2001 (37,2% contra 24,8%). ¿Qué pasará con la deuda contraída con la ANSeS cuando ese dinero sea necesario para hacer frente al pago de los jubilados? ¿Se seguirá transitando por los caminos del endeudamiento sin que suceda lo mismo que provocó la salida de la convertibilidad a la que se la defendía como permanente e inmejorable? ¿No es acaso el tema del endeudamiento –y no del “desendeudamiento”- otro de los pilares estratégicos en el “modelo” que desde el gobierno se presenta como el mejor que ha tenido nuestro país?.

¿Dónde ponemos lo “nacional y popular” del modelo? Existe una diferenciación entre Modelo y Sistema. Además qué entendemos nosotros por lo “nacional y popular”: En el marco de la situación actual, “nacional y popular” sería tomar medidas basadas en un plan a largo plazo que tiendan a fortalecer la soberanía nacional y popular. Es decir, medidas que fortalezcan nuestra independencia, a favor de las mayorías populares y con una alta participación en sus decisiones por parte de estas. Acciones que no mueran en la coyuntura y que tiendan a transformar de fondo la realidad del pueblo. Que tengan como eje cambios en la forma de propiedad, en el qué se produce, quién, cómo y para quienes se produce.

El kirchenrismo, bajo “las corpos”, ha puesto siempre por delante el “enemigo” ante el cual nos convoca a cerrar filas: el “Campo”, el grupo Clarín, la derecha destituyente, la petrolera Shell, el empresariado que “la junta con pala” (en referencia a las ganancias). Acordamos con que éstos (y muchos otros a los que el gobierno beneficia) son “el enemigo”, no porque lo diga el kirchnerismo sino porque defienden un capitalismo, más o menos salvaje (al igual que este gobierno). No somos utópicos los que luchamos por otro modelo de país, sí lo son quienes imaginan una salida dentro del capitalismo, haciendo reformas y retoques que siempre terminan en crisis, que son inherentes a este sistema.

Asignar exclusivamente la responsabilidad de la situación actual al capital en sus diversas expresiones (financiera, industrial, agropecuaria, comunicacional, etc) es una parcialidad; porque es obvio que los capitalistas buscan hacer negocios, mantener la tasa de ganancia y para conseguirlo presionan contra los gobiernos cuando comienzan a representar un mínimo obstáculo. Esa película la vimos varias veces en Argentina y en otros países del mundo. Por lo tanto, la mayor responsabilidad es de los gobiernos (en este caso el actual) que le habilitan las condiciones (por acción u omisión) para posibilitárselos. No hay excusas. Diez años de kirchnerismo, con los primeros de despegue económico y consenso, no fueron utilizados para avanzar en otro modelo de país, con otros actores sociales y políticos.

Hoy hablamos de pobreza, marginalidad, trabajo precario; de planes sociales y asignaciones que este gobierno ha convertido en línea de acción permanente (no ya de una coyuntura que planteaba la necesidad de asistir a los más afectados post crisis 2001). La inflación no es una novedad, ya existía cuando el INDEC fue intervenido (y por eso lo fue). La devaluación de la moneda (provocada por Shell o por el gobierno, según quien la relate), no golpea ni golpeará a funcionarios, ni al empresariado que siempre se cubre para no perder, ni a las “corpos”. Los perjudicados de siempre son y serán quienes viven de una entrada fija, los asalariados en sus diversas formas, los pobres y los marginales.

Ante la primera devaluación oficial, el gobierno toma medidas que buscan controlar la inflación y el valor del dólar, cuya cotización incide en la producción transnacionalizada de nuestra economía: reforzar el acuerdo de “Precios Cuidados”, subir las tasas de interés para inducir al ahorro en pesos argentinos, flexibilizar la compra de divisas para atesorar, limitar la entrega de dólares para las importaciones, son algunas de ellas.

Son medidas de coyuntura. Lo que subyace sigue intacto: una deuda en crecimiento, componente financiero de la inflación, una economía concentrada y extranjerizada, basada en la producción primaria agroindustrial, en la fabricación de autos, en la construcción de viviendas (que solo pueden comprar las clases media y alta) y con la actividad financiera como el sector más rentable. (En 2013 acumuló ganancias superiores a $ 26 mil millones, un 34 % más que el año anterior).

Con este modelo- aunque pueda ser probable que algunas de las medidas de coyuntura funcionen- la crisis volverá a estallar y, como siempre ocurre, el capital quedará a salvo.

Así estan las cosas País... por ahora.